Un observador literario advierte sobre la proliferación de libros que prometen enseñar a manejar las relaciones afectivas, y sugiere precaución antes de seguir sus consejos.
El otro día pasé por una librería de la ciudad. Suelo hacerlo. Voy a mirar los libros, más que nada, no tanto a comprar. Soy una especie de voyeur literario, me gusta recorrer los estantes y maravillarme ante la variedad, ante la infinita cantidad de libros que uno no va a poder leer aunque tenga mil vidas, todas ellas largas y venturosas. Pero en esta ocasión algo llamó mi atención, un ejemplar de un nuevo género literario, o por lo menos de reciente aparición, captó mi interés y provocó mi indignación.
En el principio fue la autoayuda, las estanterías de librerías se llenaron de ejemplares con los más variados consejos de vida, ignorando el hecho de que la experiencia vital, si bien compartida en muchos aspectos por todos, es en esencia única e irrepetible. Era solo cuestión de tiempo para que naciera este nuevo género literario, al que daré en llamar autoayuda amorosa (no estoy muy convencido de la expresión, pareciera referirse a la masturbación, pero no se me ocurre algo mejor) y que se compone de ensayos en los cuales el autor tiene el objetivo –ambicioso, sin dudas- de otorgarle instrucciones al lector para su desempeño en las lides amatorias.
Las promesas de este género son fabulosas: aprenda a evitar las relaciones tóxicas (¿pero no son acaso las más divertidas?), a olvidar amores fallidos, a superar el rechazo y el abandono, a elegir a la persona correcta para encarar la montaña rusa de la vida. Tareas titánicas, rayanas en lo imposible, que no alcanzan a ser dominadas en toda una vida, pueden ser solucionadas mediante la lectura de estas páginas. Incluso algunos autores van más allá de eso y realizan conferencias, charlas en las cuales resuelven los laberintos amorosos de sus asistentes en el breve espacio de un par de horas y desde la indiscutible autoridad que les da pararse sobre un escenario.
No es mi intención tachar este género de actividad criminal, cada uno se gana la vida como puede, pero antes de leer alguno de estos ejemplares tomaría la precaución de averiguar los antecedentes románticos de esos autores. Quizás navegaron las turbulentas aguas del amor con el mismo desamparo y extravío con que lo hicimos el resto de los mortales, a los golpes y bandazos. Y sin embargo tienen el descaro de arrogarse conocimientos fuera del alcance del resto del mundo.
Estos personajes solían parasitar mesas de café, bancos de plazas, filas de baños, en donde otorgaban al interlocutor desprevenido sus máximas temerarias, las cuales eran olvidadas al cabo de un momento de reflexión, como es debido. Desde allí, desde esos humildes lugares, saltaron de alguna manera a las bateas de las librerías y los escenarios de los teatros, los estudios de radios y tantos otros ámbitos que amplifican sus discursos. Por mi parte, solo tengo un consejo, en estas lides, para el lector. Usted enamórese, que es lo importante. Lo demás lo va viendo.
