La conductora reveló en una entrevista los difíciles momentos que atravesó tras el cambio de formato de su programa, que la llevó a enfrentar una profunda depresión.
En una televisión donde sostenerse al aire ya es una hazaña, Georgina Barbarossa volvió a instalarse como una figura central. Su programa no solo se mantiene firme en rating, sino que además logra algo clave: marcar agenda todos los días con temas que generan repercusión inmediata. Pero detrás de ese presente sólido, hay una historia mucho más compleja. Porque lejos de lo que muchos creen, su regreso a la pantalla no fue fácil ni lineal. Hubo un proceso interno fuerte, silencioso y, por momentos, muy doloroso.
En diálogo con Teleshow, la conductora repasó ese camino con total sinceridad. Y fue ahí donde sorprendió al contar que el proyecto que la trajo de vuelta no era el que ella había imaginado en un principio. “Cuando empecé, hace cuatro años, fue muy duro, porque a mí me engañaron, en un principio era hacer un programa, un magazine con cocina. Y yo pensé que iba a haber premios y que iba a poder divertir a la gente. Pero empezó a rendir más la actualidad”, explicó Barbarossa.
Ese giro de contenido no fue menor. Pasó de un formato liviano a uno cargado de casos reales, muchos de ellos atravesados por situaciones límite. Y ese contacto constante con historias duras empezó a impactarla emocionalmente más de lo esperado. “Donde la gente se veía reflejada y, nosotros podíamos visibilizar su problema”, definió sobre el enfoque del programa.
Sin embargo, ese compromiso con la realidad también tuvo consecuencias en su bienestar personal. “Yo tenía una depresión tremenda, lo hablé mucho en terapia. Yo lo pasaba mal, salía del programa hecha bolsa, porque veías casos espantosos de muertes de chicos, de violaciones, de femicidios, de cosas que le pasan a la gente en los barrios, que no tienen luz, que no tienen agua, que tienen una desgracia en la familia y necesitan un fiscal y el fiscal no aparece, o el intendente o qué sé yo”, confesó sin filtros.
En medio de ese panorama, apareció una herramienta clave que le permitió cambiar la mirada y sostenerse. “El terapeuta me dijo: ‘Georgina, ¿por qué no ves el vaso lleno en vez del vacío? Pensá cómo estás ayudando a toda esta gente’. Y la verdad es que la gente nos espera cada vez que va la cámara de televisión o que vamos con el programa o que va a cualquier programa de televisión, lo necesitan”, reveló.
Ese cambio de perspectiva fue determinante. Hoy, con otra fortaleza emocional, Georgina entiende el impacto de su trabajo y logra pararse desde un lugar distinto. Ya no solo conduce un programa: también acompaña historias que, aunque duelan, necesitan ser contadas.
