El eco de los cantos: una historia de medicina ancestral y memoria en Catamarca

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Una mujer relata cómo aprendió de su abuela las oraciones y cantos secretos de la medicina tradicional en el monte catamarqueño, y cómo el tiempo le reveló el significado profundo de esa herencia.

Cuando era niña, tendría unos siete años, aprendí de mi abuela la medicina y las oraciones y cantos secretos que susurraba casi todas las noches. Nunca entendí por qué debían guardarse en voz baja, por qué estaban prohibidas para el aire abierto; pero el tiempo, ese maestro paciente, terminaría por darme la respuesta.

Vivíamos entre zafras y montañas, en un vaivén de casas de adobe, a veces en el cañaveral, otras en el pequeño rancho de monte. En aquellos días, la electricidad no formaba parte de nuestra vida. Solo contábamos con una vieja batería, prestada y maltratada, que viajaba de rincón en rincón. Para que funcionara, había que llevarla hasta Russo Lux, en Santa María, una travesía larga y pesada lejos del monte. Aquella energía apenas alimentaba un televisor que nos devolvía un mundo de rayas en blanco y negro, un premio del trabajo de mi abuelo que nos sintonizaba, a veces, con el canal 12 de Córdoba, cuya señal lograda decían venía de Minas Capillitas.

No eran programas para niños, así que yo buscaba refugio una vez que mi abuela terminara sus quehaceres para empezar nuestra ceremonia: separar, secar en cañizos los yuyitos, o atender alguna urgencia que reclamara su mano. Aún hoy, si cierro los ojos, el aire se satura con el olor de cada hierba, el aroma de una sanación que se cocinaba a fuego lento.

Esa pieza donde se «sanaba», tenía una ventana, una apertura necesaria hacia el oeste, hacia el lugar donde se esconde el sol. Desde allí, yo observaba el cerro, la cordillera, y, a lo lejos, las pequeñas fogatas de los puesteros y arrieros que, como estrellas terrestres, ascendían hacia la inmensidad. En aquellos años el mundo era grande, vacío y silencioso. Pero, por sobre todo, me permitía mirar el cielo.

Me gustaba aguardar a que la luna quedara detrás del filo de la montaña. Podía pasar horas en una quietud absoluta. No sabía por qué lo hacía, solo sé que esa inmensidad me devolvía la paz; era como si el cielo tuviera la extraña facultad de calmarme el corazón. A esa edad no entendía el lenguaje del cosmos, solo contemplaba.

Cuando acompañaba a mi abuela a recoger hierbas al monte o arriba al cerro, una sensación extraña, casi antigua, me habitaba; una voz interior repetía, constante y silenciosa: «Yo ya lo sé».

El tiempo, con su paso implacable, me fue alejando de aquellos saberes, aunque la memoria los guardaba intactos en cada ventana que se abría, en cada amanecer que teñía el cerro y en el aroma a hierbas que regresaba al atardecer.

Pasaron los años hasta que me invitaron a dar una charla sobre medicina ancestral en la Facultad de Medicina, en Tucumán. Mientras otras mujeres compartían sus saberes, alguien, desde el fondo, preguntó con la ligereza de la modernidad: ¿Pero no es más fácil ir a la herboristería y comprar la planta?. En ese instante, todo cobró sentido. Pensé en mi abuela. La medicina no es un té en una taza; es el espíritu de la planta entregando su bienestar, es la oración lanzada a los cuatro puntos cardinales bajo la luna correcta, es la memoria viva. Expliqué.

Pero aún con el orgullo de quien vuelve a casa, dije en voz alta que nosotras invocamos a nuestras Achachitas, a nuestras abuelas, para que nos acompañen en la oración y en la medicina. Una extraña mirada, no de enojo sino de extrañeza me rodeó. ¿Es posible lo que estaba diciendo que podía llamar y estar con mis abuelas que ya no formaban parte de éste mundo pero si del espiritual? En ese momento, miré hacia arriba. Frente a mí, se abrió un océano de estrellas, me regresó a mi niñez, una extraña inmensidad que me dejó paralizada.

Miré y en ese instante comprendí que esa medicina era una herencia que ella, a su vez, recibió de su madre y de su abuela. Aquello que me había enseñado no eran oraciones recitadas; eran cantos en una lengua extraña a la modernidad, una lengua que yo había escuchado cientos de veces, que podía cantar de memoria, pero que jamás había comprendido. Descubrí que los cantos no cambian; la que cambia es una misma. Entendí entonces que hay enseñanzas que no se explican con palabras, sino con la vida. Por eso esos cantos siguen regresando: porque saben que hay verdades que solo pueden comprenderse cuando el tiempo está listo.

¿Era posible, entonces, que mis abuelas siguieran sanando conmigo, a través de otros tiempos y otras vidas? En ese silencio compartido con el infinito, hallé la respuesta: esa paz que buscaba en la ventana de mi infancia no era un lugar, era un estado de retorno….

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