Un simple desayuno

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viernes, 19 de diciembre de 2025 01:23

Venía todo viento en popa para el Gobierno, y vino a tropezar para ensombrecer el final de un año en el que tenía todo servido para cerrarlo redondito. Pero lo que más duele en las altas filas libertarias es que la derrota fue prácticamente autoinfligida, hija de la propia torpeza y la falta de pericia para cerrar una negociación donde tenía, o parecía tener, todo en el bolsillo. Quería Casa Rosada contar por primera vez con un presupuesto propio, diseñado como un traje a medida para las apetencias de un proyecto recientemente ratificado por el voto popular, donde los ajustes ya se podían hacer a cara descubierta y sin mayores cuestionamientos sociales. En un Congreso ya renovado, con números mucho más amigables, mandó la iniciativa como un trámite de fácil y rápida resolución. Los números preanunciaban una victoria sin esfuerzo. Había tejido lo suyo el ministro del Interior, Diego Santilli, había aportado su cuota el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem. Nada podía salir mal.

Dice la historia que antes de marchar hacia la batalla de Waterloo, Napoleón le comentó a sus mariscales que el triunfo estaba asegurado y la batalla sería como “un simple desayuno”. No resultó así, y tampoco el tratamiento del Presupuesto para las autodenominadas fuerzas del cielo. ¿Cuál fue el gran yerro? Para garantizar la aprobación, se decidió que el Presupuesto 2026 no se debatiría ni votaría punto por punto, sino por capítulos. Entonces metieron una furiosa motosierra en el Capítulo 11, que aseguraba exterminar el financiamiento a las universidades, al Hospital Garrahan, a la asistencia a discapacitados, etc., y en el mismo capítulo incluyeron un par de beneficios a las provincias. De este modo, “obligaban” a votar a favor de los recortes, bajo el castigo implícito de rechazar beneficios con un eventual voto negativo, como un caballo de Troya pero sin secretos: “Aprueban el ajuste o se quedan sin nada, todo va en el mismo paquete”.

Y contra todos los pronósticos, el que se quedó sin nada fue el Gobierno, porque el Capítulo 11 fue rechazado. Para peor, en la desesperación por conseguir los votos que faltaban, empezó a repartir cargos al peronismo en la Auditoría General de Nación, cargos que fueron recibidos, pero sin modificar después el voto negativo. Ingenuidad brutal. Y ahora el Gobierno que tanto apuró, tiene un Presupuesto que no le sirve, que es puro déficit, exactamente lo que quería evitar. Hay enojos hacia adentro y hacia afuera. Hacia adentro, por lo mal que se negoció; hacia afuera, por los que recibieron favores y no los devolvieron. Y ahora se presenta una encrucijada, porque Javier Milei debe manejarse con lo opuesto a lo que deseaba, tanto que está evaluando vetar el Presupuesto que él mismo envió. Un escenario imposible de prever 24 horas antes, fiel a la fascinante política argentina, donde es imposible aburrirse porque todo cambia en un abrir y cerrar de ojos.

El Esquiú.com

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