La AFA decidió que la selección argentina no jugará más en el estadio Monumental

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La decisión se tomó en el marco de una relación sin arreglo con River. El partido despedida de Lionel Messi del 6 de octubre derivó en un evento amateur y expuso las diferencias entre la AFA y el club.

En la AFA existe una decisión tomada: la selección argentina no jugará más en el estadio Monumental. No está claro cuándo quedará demostrado porque la agenda del subcampeón del mundo no incluye partidos en el país ni en el corto ni en el mediano plazo. Pero la posibilidad de congregar más de 80 mil personas ya es insuficiente; buscarán otro escenario (quizás el renovado estadio Ciudad de La Plata). Incluso nadie puede asegurar que la selección sin Messi pueda interesar a tanta gente; sobre todo, si los precios de las entradas no bajaran considerablemente. La decisión, igualmente, está tomada por otra razón: la relación con River no tiene arreglo.

La pelea ya cuenta varios rounds. Si no se desató apenas asumió Stefano Di Carlo, más allá de que Claudio Tapia y Pablo Toviggino hayan estado en aquel acto de noviembre pasado, fue porque los resultados deportivos de River no posibilitaban atender otro frente. Todavía estos no se modificaron sideralmente, pero el presidente del club aceleró en la conferencia a la que convocó en plena cadena de derrotas en agosto. Consultado por el arbitraje, respondió con un dardo lapidario: “Estamos esperando que encuentren un límite en la vergüenza”. Como si hubiera querido que le preguntaran del tema.

Di Carlo ya había comenzado a pensar que situarse en el extremo opuesto de la AFA le traería más rédito que problemas. No hay dudas de que la mayoría de los socios de River apoyan esa postura. Hace dos semanas, Ignacio Villarroel, vicepresidente segundo del club y representante en las reuniones del Comité Ejecutivo, planteó una serie de modificaciones que podría encarar el fútbol argentino. Una de ellas era aumentar la generación de recursos, a lo que Tapia le contestó con más que un dato: “No es cuestión de dinero. River gastó mucho en el último libro de pases y Barracas le ganó en el Monumental”.

Al día siguiente de aquella reunión de Comité, dirigentes de otros clubes fueron convocados por sus pares de River a una reunión que tendría como contenido debatir las posibles mejoras en el torneo y, como fin primario, una foto que trascendiera. Casi ninguno accedió; a la mayoría le sobran razones (o temores) para no enfrentarse a quienes mandan. Por su parte, la AFA contraatacó haciendo trascender que “el presidente Tapia le solicitó a Villarroel que les transmita a las autoridades de su club la propuesta de la AFA de no cobrar el alquiler del Monumental a la Selección en el partido despedida de Lionel Messi del 6 de octubre (dada la repercusión y magnitud mundial de evento) y donar ese canon a una entidad de beneficencia”. Nadie dijo nada de qué hacer con la recaudación del partido.

El 6 de octubre llegó. Y lo que debió haber sido un homenaje al mejor embajador del país se transformó en un evento amateur y una nueva disputa de escritorio. Tapia podría haber recibido en el círculo central a Di Carlo para que este condecorara a Lionel Messi. Pero el presidente de la AFA no accedió al campo de juego tal vez sugestionado por las posibles reacciones negativas del público. Y el de River prefirió agasajar al 10 en su oficina: en la cabeza de un dirigente, seguramente sea una victoria política; en la de Messi, nada más que un signo de cortesía; y en la de un ajeno, el provecho de la amabilidad del capitán de la selección.

Todavía no había comenzado el evento. Mucho menos habían quedado expuestos los defectos del acto como quedarían a lo largo de la noche. La empresa organizadora, Marketing Sports, se defendió dos días después. Presumiblemente con letra de la AFA, depositó en River las culpas de lo sucedido. En primer lugar, aseguró que la pantalla del estadio fue retirada luego de que se confirmara el partido y que no habían recibido autorización para colocar una pantalla alternativa. Desde el club recordaron que habían anunciado el desmonte el 8 de julio. El comunicado de la empresa aseguró que tampoco les permitieron colocar un escenario para los shows musicales y, en la acusación más fuerte, denunció que existieron “restricciones por parte del club en las actuaciones artísticas”, como el corte del suministro eléctrico. La defensa de River incluyó haber sugerido la contratación de un grupo electrógeno, el detalle de que los artistas necesitaron oficinas del club para cambiarse porque tampoco habían montado los espacios exclusivos para ese fin y que la reunión con fines organizativos se realizó apenas el día anterior al evento.

Podría decirse, con argumentos, que River tiene intenciones de fracturar el orden establecido. Podría asegurarse, con certeza, que no es lógico que la AFA encare o continúe una pelea contra uno de los clubes que debería cobijar. Podría aventurarse que es riesgosa una disputa entre un club tan grande y la asociación nacional. Que, cuando un árbitro se equivoque en contra de River, el veredicto será que fue adrede. O que, cuando erre a favor, no faltará el que crea que actuó condicionado.

En este lío quedó el héroe. Y fue una víctima. Lionel Andrés Messi, el ser humano que consiguió la casi utópica unión de un país, fue homenajeado en un acto que él mismo salvó con sus palabras y su sentimiento. También hubo decenas de miles de personas que pagaron entradas carísimas y se fueron obviamente agradecidos pero, también, con la sensación de haberse preparado para algo mejor. No vieron las lágrimas de Enzo Fernández en el discurso ni las de Lionel Scaloni en el himno. Tampoco hubo una pantalla donde pudiera emitirse, por ejemplo, un saludo de Neymar. O un gol de los que hizo Messi en la selección: tenían 125 para elegir.

El público tampoco fue testigo de alguna idea original, como pudo haber sido un coro infantil cantándole y recordando que siempre fue el preferido de los más chicos. En cambio, vieron un show de drones iniciado por la mención del sponsor, ni siquiera finalizado de esa forma. Hasta el martes, el cielo era el único espacio libre de auspicios; ya no hay lugar virgen. La emoción quedó reservada para cuando el ídolo agarró el micrófono y habló. Nada nuevo: Messi se acostumbró durante años a ser la atracción y la solución del fútbol argentino.

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