El escritor español, de 79 años, sostiene que la adolescencia es la etapa clave para encontrar una lectura que marque la vida. Datos del Barómetro de Hábitos de Lectura en España indican que el 76,9% de los jóvenes de 14 a 24 años lee en su tiempo libre.
El escritor Jordi Sierra i Fabra, de 79 años, afirmó que “el buen lector, entre los 15 y los 20 años, encuentra el libro que le cambia la vida. El que no es buen lector, no lo va a encontrar”. Lo hizo durante una charla en el ciclo AprendemosJuntos.
Sierra i Fabra relató que durante su infancia, marcada por el acoso escolar, la tartamudez y un ambiente familiar en el que predominaban “el silencio y el miedo”, encontró en los libros un refugio. A los 18 años leyó El manantial, de Ayn Rand, novela protagonizada por el arquitecto Howard Roark. Según el autor, esa lectura lo ayudó a definir su vida. A partir de entonces construyó lo que denomina su “taburete mental” sobre cinco palabras: paz, amor, respeto, honradez y esperanza.
“Me planteé mi vida al leer ese libro”, explicó. Y agregó: “No creo en la perfección, creo en el instinto”.
El escritor sostuvo que en la adolescencia las personas son más impresionables: “En la adolescencia somos inseguros, buscamos espejos, buscamos puntos de apoyo, tenemos rabia, una rabia incontrolable”. Según su experiencia, un libro puede convertirse en uno de esos espejos.
Respecto de los hábitos de lectura actuales, el último Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España, correspondiente a 2025, indica que el 76,9% de las personas de entre 14 y 24 años lee libros en su tiempo libre. Es el grupo de edad con mayor porcentaje de lectores del país.
Sierra i Fabra también afirmó: “No vas a cambiar el mundo con tus libros, no eres tan importante. Pero las novelas cambian a las personas. Las ayudan siempre”. Dijo que en encuentros con lectores ha conocido a jóvenes que le manifestaron que odiaban leer hasta que encontraron uno de sus libros.
El escritor contó que durante su infancia no tenía biblioteca en casa ni en el colegio y que, siendo niño, llegaba a vender desperdicios a un trapero para poder alquilar libros de segunda mano. Años después, cuando murió su mujer, pasó cinco meses sin poder escribir. No lo define como un bloqueo, sino como tristeza: “Estar bloqueado es tener un muro de hormigón que te impide ver todo. Estar triste es tener una niebla que sabes que puedes apartar, pero no sabes cómo”. Volvió a escribir con un cuento infantil de humor. Necesitaba reírse. Y no ha dejado de hacerlo.
