Entre noviembre de 2023 y octubre de 2025, en la Argentina desaparecieron 21.046 empresas grandes, medianas y chicas con trabajadores registrados. Traducido a una escala cotidiana, unas 30 firmas menos por día. En el mismo período, se destruyeron 272.607 puestos de trabajo formales en unidades productivas, una caída del 2,77% que equivale a casi 400 empleos registrados que se esfuman cada jornada.
No hay en esas cifras ningún accidente ni un fallo inesperado del modelo. Son, por el contrario, la consecuencia lógica y previsible de la aplicación estricta de un esquema económico libertario. Los datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, procesados por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), no hacen más que ponerle números a una orientación asumida desde el primer día.
El argumento oficial suele apelar a la idea del «sinceramiento»: primero el ajuste, luego -algún día- la recuperación. En el mientras tanto, la destrucción de empresas y puestos de trabajo no sería un daño colateral, sino un paso necesario. Bajo esa lógica, la desaparición de empleadores no es una tragedia social, sino una depuración del sistema productivo. El problema es que la realidad nunca se comporta con la prolijidad de un manual teórico, y la historia argentina puede dar fe de ello.
El sector textil perdió más de 16.000 puestos de trabajo registrados, confirmando que se trata de una de las ramas más expuestas a un modelo que conduce al industricidio. El sector textil perdió más de 16.000 puestos de trabajo registrados, confirmando que se trata de una de las ramas más expuestas a un modelo que conduce al industricidio.
Entre los sectores más golpeados por este proceso se encuentra la industria textil, hoy reducida a niveles de actividad que rozan lo testimonial. La utilización de la capacidad instalada cayó por debajo del 30%, un piso histórico que revela plantas semivacías, turnos cancelados y maquinaria detenida. Desde diciembre de 2023, el sector perdió más de 16.000 puestos de trabajo registrados, confirmando que se trata de una de las ramas más expuestas a un modelo que conduce progresivamente al industricidio.
La fuerte caída del consumo, producto de la licuación del poder adquisitivo de salarios y jubilaciones; el enfriamiento deliberado de la actividad como ancla antiinflacionaria; y una apertura casi irrestricta a las importaciones «que incluye incluso el ingreso de ropa usada» conforman un cóctel letal para una industria intensiva en mano de obra y dependiente del mercado interno. El resultado ha sido la quiebra de numerosas firmas y la erosión acelerada de un entramado productivo que tardó décadas en construirse.
Catamarca ofrece ejemplos concretos de esta dinámica. Textilcom, luego rebautizada MomSport, cerró sus puertas dejando a alrededor de 130 trabajadores sin empleo. Coteca suspendió en julio de 2025 entre 80 y 90 operarios por 30 días, con una reducción salarial al 75%. Artex S.A. avanzó con despidos en un contexto de caída sostenida de la producción. Son la traducción local de una política nacional.
Si la tendencia se profundiza, como todo indica, la Argentina podría asistir a la extinción de la industria textil, una de las ramas que históricamente generó mayor cantidad de puestos de trabajo y funcionó como sostén de economías regionales enteras. No sería el resultado de un cataclismo externo ni de una fatalidad histórica, sino de una decisión política concreta.
