viernes, 21 de noviembre de 2025 15:50
Colaboración: Prof. Guillermo Antonio Fernández
Existen profesiones en las que la vocación ilumina a la sociedad con muestras de nobleza y humanidad. Pero entre todas, la de cuidar y sanar es quizá la más admirable, porque implica salvar vidas, sembrar esperanza y sostener al que sufre. La ENFERMERÍA, sin dudas, es una de las actividades más abnegadas y esenciales de nuestra comunidad.
Entre pasillos silenciosos, luces tenues, pisos brillantes y el aroma a alcohol y lavandina, se dibujan cada día las figuras blancas de enfermeras y enfermeros que recorren hospitales, postas sanitarias y guardias, siempre al servicio del prójimo. Sin bronce ni oro, sin estridencias, con el único motor de la vocación.
Este 21 de noviembre, Día de la Enfermería Argentina, no podemos dejar de reconocer a los hombres y mujeres de nuestro suelo que, día tras día, entregan vida sin esperar nada a cambio.
Muchos de ellos ya no están entre nosotros. Otros continúan desafiando tormentas, calores extremos, nevadas y largas distancias para asistir a un paciente aislado en algún rincón lejano de la provincia. Por ejemplo, la inolvidable María Rosa Sínchez, referente de La Ciénaga, en el norte de Fiambalá; una mujer admirable, obstinada y noble, ejemplo genuino de la hidalguía que caracteriza al personal sanitario. Como ella, también lo hacen Sonia Marcial en Punta del Agua; Susana Ancatruz en Chuquisaca; Magdalena en La Mesada; Alejandra en Antinaco; Raúl López en Río Grande y Tatón, y tantos más que avanzan a pie, en bicicleta, en moto, a lomo de mula o en lo que haga falta.
Cada nombre representa a todos los enfermeros y enfermeras de esta tierra. Así fueron también: don Ángel Mamaní en Antinaco; Dora Pereyra y Manuel Herrera en Saujil; don Tino Carrizo, Juanita Perea, doña Nelly de Macías, don Floro Bustamante y Benito Carrizo en Fiambalá, y un largo etcétera imposible de completar sin llenar cuadernos enteros. Muchos de ellos ya descansan en paz, pero sus pasos quedaron grabados en la memoria de cada comunidad.
No debemos olvidar que, muchas veces, alejados de hospitales, quirófanos o ambulancias, con pocos recursos y casi sin medicamentos, los enfermeros rurales sostienen la vida en la soledad de la noche, entre el frío, la lluvia o la angustia de una urgencia.
Y en las ciudades, la escena no es menos intensa: carreras por los pasillos, sirenas que parten la madrugada, decisiones tomadas en segundos donde un error puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Solo el enfermero sabe lo que pesa esa responsabilidad.
Por todo esto, cada uno de ellos merece ser reconocido. Porque dejan jirones de sus propias vidas para brindar alivio a la de otros. Porque enfrentan sueldos bajos, largas jornadas, indiferencia y dificultades sin perder jamás la vocación. Porque también tienen familias, problemas, cansancio y necesidades. Y aun así, siguen.
A veces, lo que necesitan es algo tan simple como respeto. Un reconocimiento sincero que valore su dedicación y fortalezca su espíritu.
La salud es su norte, y Dios, su guía. Y aunque las enfermedades parecen cada vez más resistentes —basta recordar al COVID—, ellos continúan dando batalla en primera línea.
Que Dios bendiga a los enfermeros y agentes sanitarios catamarqueños en este día especial. Para los que ya no están, elevamos una oración, seguros de que permanecen en el recuerdo y la gratitud de sus pueblos, bajo el manto de la Virgen del Valle, protectora de quienes cuidan la vida de nuestros hermanos.
Gracias, valientes héroes de la salud de toda Catamarca —especialmente de Tinogasta y Fiambalá— por tanta entrega.
Héroes de ayer, hoy y siempre, vio.
¡Feliz Día de la Enfermería Argentina!
