martes, 3 de marzo de 2026 02:03
“Me encanta hacerlos llorar… me encanta domarlos… chorros, asesinos, kukas, delincuentes, ignorantes”. Javier Milei desplegó en su último discurso, en modo histérico, todo su variado repertorio de agresiones. Insultó a legisladores y empresarios, a presentes y ausentes. Gritó en reiteradas ocasiones, desaforadamente, nervioso, alterado, desencajado, postales que sobresalieron bastante porque llevaba un tiempo apartado de su personaje estrella. No obstante el patético comportamiento del jefe de Estado en un acto institucional de la talla de una asamblea para la apertura de sesiones del Congreso de la Nación, el margen de sorpresa es cada vez menor. Sorpresa generaría, en todo caso, un Javier Milei inteligente y coherente, comportándose a la estatura del cargo que ostenta.
Pero hay cierta trampa en esa conducta, a todas luces deliberada, porque la preparación de ese mensaje llevó semanas de dedicación. Hay una razón que explica por qué Milei consideró que recaer en su versión más grotesca era la mejor opción. Ocurre que no tiene para mostrar un solo logro, una sola medida que haya mejorado la calidad de vida de los argentinos. No tiene para ofrecer ninguna conquista en beneficio del pueblo, no consiguió alcanzar ninguna de las metas que el mismo trazó como objetivos de su gestión. El ajuste trajo más ajuste, la inflación se disparó, la producción se derrumba, el endeudamiento es cada vez mayor, el desempleo crece, la represión aumenta. Distraer con un show de poca monta aparece así como el único camino viable para quien debe ofrecer un panorama general del país, y no puede hacerlo sin asumir el desastre ocasionado.
Como segunda estrategia, el triste papel desempeñado por Javier Milei desnuda el camino elegido en lo que ya se revela como el inicio de su campaña por la reelección: alimentar el odio, la división, el enfrentamiento, los rencores. Es bastante entendible, ya que fue precisamente ése el terreno donde construyó su poder. Necesita profundizar, sostener y echar toneladas de leña al fuego porque no cuenta con ninguna otra virtud para posicionarse, más que apoyarse en el protectorado de Estados Unidos a cualquier precio y lanzar reformas y más reformas para destruir al Estado que conduce. Sin presente y sin futuro, sin logros ni proyectos, el insulto cumplió su función para hacerlo zafar de un discurso serio, aunque ya no alcanza para disimular el caos que está generando.
El Esquiú.com
