domingo, 1 de febrero de 2026 00:59
Los despidos en la planta local de NEBA, que plantean un drama por la pérdida de trabajo para más de 30 familias, le ponen un rostro cercano a las políticas de Javier Milei, que vienen destruyendo sistemáticamente el poder adquisitivo de los trabajadores, el comercio, la producción y la industria nacional. Los números de cierres de fábricas, suspensiones, caídas de ventas y pérdida de fuentes laborales no son nuevos, y tienden a agravarse. “El mercado interno en disputa: producción nacional vs. importada” es el título de un informe de la consultora Equilibra, cuya conclusión central es que el plan de “estabilización” aplicado por el gobierno de Javier Milei en los últimos dos años, sumado a la apertura importadora, provocó que las importaciones desplazaran a la producción local en 16 de 20 sectores clave de la economía nacional, con fuerte impacto en la industria, sus unidades productivas y puestos de trabajo. En otras palabras, por si quedaban dudas, el ajuste no lo paga la “casta”.
Desastre
El estudio advierte que, en un contexto de actividad estancada, la producción nacional de bienes transables retrocede gravemente, mientras que al mismo tiempo los productos extranjeros ganan lugar en las góndolas y toda la cadena de valor. Basado en el procesamiento de más de 1,6 millones de operaciones comerciales del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), el informe revela una preocupante sustitución de la producción local por importaciones en la mayoría de los sectores industriales clave. Este fenómeno se acelera por factores como el atraso cambiario y la apertura comercial agresiva, políticas centrales del actual modelo económico libertario. La industria manufacturera, el comercio y el turismo han sufrido caídas significativas. De los 26 sectores productores de bienes transables (aquellos expuestos a la competencia internacional), 20 contrajeron su producción, y en 16 de ellos las importaciones desplazaron a la oferta local. Esto implica una pérdida de cuota de mercado en rubros como textiles, ropa e hilados; calzado y marroquinería; muebles, juguetes y artículos recreativos; automotores, camiones, neumáticos y plásticos; herramientas, maquinaria industrial e instrumentos médicos; y computadoras, entre otros. Este análisis se inscribe en el contexto más amplio de la economía argentina post-2023. El gobierno de Milei, asumido en diciembre de ese año, implementó un shock de ajuste fiscal, devaluación, desregulación y apertura comercial. Un combo que destruyó a la producción y a los trabajadores. Todo ello vino acompañado de una recesión profunda: el PBI cayó 5,9% en 2024, con recuperación parcial en 2025, pero con altos costos sociales. La pobreza alcanzó el 52% en 2024, y el desempleo urbano subió al 10%, exacerbado por cierres de fábricas en sectores industriales. La sustitución importadora acelera la desindustrialización. Aunque la apertura se promocione como gesto de “eficiencia y precios más bajos”, genera pérdida de empleo calificado y dependencia externa, vulnerando la soberanía productiva. Son políticas que van a contramano de lo que hace el mundo, por ejemplo Estados Unidos, con su proteccionismo estatal y aranceles para productos importados (al revés que aquí) o la reindustrialización europea post-pandemia.
Planteos
¿Es posible que un Estado decida, por dogmatismo o indiferencia, asistir impávido a la eutanasia de su propio motor productivo? Esta es la pregunta de investigación que hoy desvela a la Unión Industrial Argentina (UIA). Mientras los despachos oficiales celebran una estabilidad financiera ficticia cimentada en el “carry trade” y un tipo de cambio asfixiante, el entramado fabril -especialmente el metalúrgico y las pymes de valor agregado- se desintegra bajo el peso de una recesión que ya no es cíclica, sino estructural. El desprecio presidencial hacia los líderes del sector, personificado en ataques mediáticos a referentes de la talla de Paolo Rocca de Techint (Don Chatarrín), no es solo un exabrupto del presidente Milei; es la declaración de guerra de un gobierno que confunde la eficiencia con el desierto productivo. La realidad cuantitativa es una bofetada al relato oficial. En noviembre, la industria argentina encadenó su quinta caída interanual consecutiva. La metalmecánica, termómetro histórico de la salud pyme, presenta una caída acumulada del 3,1%. Pero el epicentro del desastre se sitúa en el complejo automotriz. En noviembre, el sector retrocedió un inverosímil 29,7% interanual. La producción de automóviles se desplomó un 50,8%, alcanzando apenas 13.000 unidades, el nivel más bajo desde la parálisis de enero de 2022. Este “crack” productivo ha forzado a gigantes como Stellantis a adelantar paradas de planta en Palomar y Ferreira, desnudando la inviabilidad del modelo bajo los actuales costos de reingeniería de negocios. Se hunden a la vez Químicos y Plásticos, Papel y Celulosa, Bienes de Consumo Durable, Insumos Textiles. La situación es escalofriante. El gobierno de Javier Milei parece ignorar que detrás de cada punto de caída hay cierres de empresas y familias en la calle. Ya no son noticias que llegan desde lejos: la realidad golpea cada puerta y no es la casta la que tiene miedo.
Recuerdos
Hace 48 años, el 1 de febrero de 1978, moría trágicamente Jorge Cafrune, más que un cantor popular, una leyenda. Además de músico y compositor, fue investigador, recopilador y difusor de la cultura. Nacido en Jujuy, se trasladó de joven a Salta, donde formó su primer grupo: Las Voces del Huayra, de gran éxito. Formó luego otro gran conjunto, Los Cantores del Alba, aunque casi de inmediato decidió lanzarse como solista y recorrer el país. Estuvo varias veces en numerosas localidades de Catamarca, en el marco de enormes giras que hacía por todas las provincias. Conquistó Cosquín sin estar inicialmente en la cartelera principal, y se transformó en una figura infaltable del festival. Allí, sin avisar a nadie, cierta noche presentó por su cuenta a una chica tucumana desconocida para el gran público: era Mercedes Sosa. Con la misma generosidad y visión, también impulsó a un joven talento bonaerense: José Larralde. En 1967 presentó la gira “De a caballo por mi Patria”, y recorrió el país al estilo de los viejos gauchos. No sólo cantaba, sino que tomaba apuntes de costumbres, sacaba fotos y filmaba cada lugar. En esa cruzada perdió grandes cantidades de dinero, pero artísticamente creció muchísimo. Luego viajó por el mundo y tuvo gran éxito en España. Su retorno al país fue en 1977, cuando falleció su padre. Eran tiempos difíciles para toda la nación, ya que el gobierno de Isabel Perón había sido derrocado por el golpe de Estado y gobernaba la dictadura cívico-militar encabezada por Jorge Rafael Videla. A diferencia de otros artistas comprometidos, que se exiliaron cuando comenzaron las amenazas y las prohibiciones, Cafrune, quien era reconocido por su afinidad al peronismo, decidió quedarse y seguir haciendo lo que mejor sabía hacer: cantar y opinar. En el festival de Cosquín de enero de 1978 su público le pidió una canción que por entonces estaba prohibida, “Zamba de mi esperanza”. Cafrune accedió mientras declaraba: “Aunque no está en el repertorio autorizado, si mi pueblo me la pide, la voy a cantar”. Según testimonios,? eso fue demasiado para los militares, y en el tristemente célebre centro de concentración clandestino cordobés de La Perla, el entonces teniente primero Carlos Enrique Villanueva opinó que había que “matarlo a Cafrune para prevenir a los otros”. El 31 de enero de 1978, a modo de homenaje a José de San Martín, Cafrune emprendió una travesía a caballo para llevar desde Plaza de Mayo hasta Yapeyú, lugar de nacimiento del libertador, un cofre con tierra de Boulogne-sur-Mer, lugar de su fallecimiento. Esa noche, a poco de salir, fue embestido por una camioneta en la ruta. Se dijo oficialmente que fue un accidente. La sospecha de que en realidad lo mataron los militares nació en ese mismo momento y perdura hasta hoy. Apenas tenía 40 años.
El Esquiú.com
