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Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Rodrigo L. Ovejero

De todos los artrópodos de este mundo, las langostas son mis favoritos. Y no lo digo con ligereza, he meditado mucho sobre el tema. Los ayudó mucho, claro, el hecho de que no conozco demasiados artrópodos, eso fue decisivo para que alcanzaran el primer lugar. Pero, además, se subieron estos días al vagón de mi tren de pensamientos –y no se quieren bajar- porque leí noticias del avance en el mundo de la prohibición de cocción en vida de estos animales.

Esta ola me agarra en mal momento, porque resulta que nunca comí langosta, y empieza a preocuparme la posibilidad de no hacerlo antes de que prohíban esa forma de cocción en todo el mundo. Por supuesto que deseo evitar tanto como el que más cualquier sufrimiento a otro ser vivo, pero si este método tiene un efecto favorable en el sabor estoy dispuesto a saltearme algunas normas éticas.

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Tengo la sospecha, además, de que estas prohibiciones significarán, en la práctica, la creación de un mercado negro de precios altísimos por el cual solo podrán acceder a langostas vivas las elites dominantes. Antros de mala muerte esconderán en sus subsuelos lujosos restaurantes con enormes peceras, en las que estos bichos nadarán en la feliz ignorancia de su próximo final. Los comensales tendrán tanto dinero que no podrán evitar arrogarse una importancia superior al resto de la creación. Incluso, mucho me temo que esa condición arrogante les hará cebarse en esas pocas desafortunadas, y las harán sufrir aún más todavía, asegurándose de hervir a las más felices, las que tengan familia, éxito, muchos motivos por los cuales vivir. Les harán ver episodios de Bob Esponja en la olla, para que no abandonen hasta último momento sus pensamientos felices. Entonces, mi lucha -que es cruel y es mucha- es por un mundo en el que todas las langostas tengan el mismo sufrimiento ¿Soy un héroe de las langostas? No me corresponde a mi decirlo, por supuesto, pero las conclusiones son evidentes.

Por otra parte, a veces me preocupa un poco aquello de que somos lo que comemos. Me pregunto si todo ese sufrimiento no se transmitirá de alguna manera a la comida. Quizás el terror, la angustia, la desesperación de una langosta siendo hervida en vida surte algún efecto en el sabor o la textura. Para eso, mucho limón. El limón es muy útil para tapar todas esas tristezas, por eso combina bien con el pescado.

Ahora bien, ya sea que alcance a hacerlo o no antes de la prohibición total de la cocción en vida, tengo que comer langosta algún día. No es ningún capricho o rendición a las exigencias superficiales del capitalismo. Ni siquiera es un ánimo sibarítico, no me mueve ninguna búsqueda gastronómica. Mi motivación es mucho más trascendental, de vital importancia. En un momento de mi vida, más tarde o más temprano, tengo que mirar un pedazo de langosta y decir, con tono apenado, “Tenazas lo habría querido así”.

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